Palacio de Miraflores, sede del gobierno venezolano

Nicolás Maduro parece estar jugando una partida de póker contra un tipo que tiene el mazo trucado y un portaaviones aparcado en la manga. Maduro se quiere ir de rositas, pero Donald Trump ha vuelto al escenario internacional con el tono de un matón de patio de colegio que ha merendado fuerte. El expresidente estadounidense ha elevado la amenaza al nivel de «última oportunidad», advirtiendo al líder bolivariano que si intenta hacerse el duro, será la última vez que pueda hacerlo en libertad. Un ultimátum que suena a despedida forzosa con banda sonora de marines y sanciones económicas de calibre industrial para el régimen.

Petróleo y amenazas directas desde Florida contra Miraflores

Trump no se anda con chiquitas ni con diplomacia de salón. Ha puesto el ojo directamente en el petróleo venezolano, exigiendo que se lo «devuelvan» porque considera que fue robado a los intereses americanos durante décadas. Mientras tanto, ha ordenado una suerte de «cuarentena» marítima para que no salga ni una gota de crudo hacia destinos amigos del régimen como Cuba o China. Por si fuera poco, ha mezclado en sus discursos a los líderes regionales, amenazando con cerrar fronteras y fábricas si no se cumple su voluntad de hierro. Es la diplomacia del garrote, pero decorada con purpurina electoral y mucha verborrea.

¿Maletas listas en el Palacio de Miraflores para el exilio?

Ante este panorama gélido, el entorno de Maduro busca una salida que no incluya un traje naranja en una prisión federal de Florida. Se habla de una transición «dialogada» donde el hidrocarburo sea la moneda de cambio para garantizar una jubilación tranquila en algún retiro dorado. Trump ha dejado caer que derrocar al régimen es parte de su estrategia de «paz mediante la fuerza», aunque con su habitual estilo críptico de «ya lo averiguaremos». El tiempo corre en contra del reloj chavista y Maduro empieza a darse cuenta de que las amenazas de Trump suelen doler más que sus propios discursos.

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